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Adolescentes y alcohol, ¿realidad o tópico?- Parte 2

El alcohol forma parte de nuestra sociedad, de nuestra cultura. Es algo que genera bienestar para muchos y malestar para otros, depende de multitud de factores, la edad, la cantidad, la información, y el para qué se hace, pero no pretendo lanzar este interesante y complejo debate. No se trata de buscar culpables, pero tampoco lo hagamos con esta población que por diferentes motivos se encuentran en un estado de vulnerabilidad.

Los y las adolescentes desconocen qué es el alcohol realmente, para ellos y ellas es solo algo que ha estado presente a lo largo de su vida y que de forma mayoritaria, se relaciona con diversión y celebración, no conocen las consecuencias del mismo ni las que habrá a largo plazo.

Esto además se acentúa en estas edades. El cerebro de un adolescente no está desarrollado como el de un adulto en contra de los que muchas personas creen. La parte frontal, corteza prefrontal, es una de las últimas regiones en madurar, en ellos y ellas aún no está madura, terminará de hacerlo en adultos de entre 25 y 30 años. Esta área es curiosamente la responsable de planificar, establecer prioridades o controlar los impulsos, todo necesario para hacer un buen uso de la ingesta de alcohol.

Es además el segundo momento, tras la primera etapa de la vida de los 0 a los 2 años, en el que mayores cambios se suceden. Momento en el que se comienza a desarrollar la identidad propia, confluyendo de forma necesaria con la desvinculación emocional. Para que todo esto sea posible, el cerebro se prepara transformándose en aspiradora de experiencias, todas caben, todas son pocas, no sacian. Necesitan conocerlo todo para crear su propio juicio, sus ideas, su yo que se irá convirtiendo en adulto.

Con todo esto, no es de extrañar que parezcan absolutamente perdidos. Pasan de ser niños y depender para todo del adulto, a ser adolescentes que  se creen adultos y no quieren necesitar ayuda de nadie ni de nada.

Confluye en este momento vital la conocida como poda neuronal, donde el cerebro analiza todas aquellas conexiones que no usa, y las elimina. Por lo que se explicaría que de repente, algunas actitudes muy propias de ellos, desaparezcan de un día para otro, y es que ya no están, hay que ir construyendo nuevas conexiones para que aparezcan nuevos comportamientos, así se muestran desorientados, y es que lo están, es que biológicamente no encuentran las conexiones entre los eventos.

Época también de maduración emocional. El cerebro aprende a través de ensayo y error, de modo que irá probando hasta que encuentran comportamientos ajustados al entorno, que se adaptan correctamente.

¿Cómo saben que es correcto? A través del feed back que reciben del contexto, madres, padres, maestros, compañeros, etc. Correcto no significa hacer “las cosas bien”, significa que su cerebro entienda que la recompensa obtenida al mostrar un comportamiento concreto es lo suficientemente positivo para él o ella como para repetirla. Por ejemplo: Si tras reñirme un maestro en clase, hago una broma y obtengo la sonrisa de alguien que me gusta, al poner en una balanza un parte del docente o el “tonteo” con la persona que me interesa, probablemente gane por goleada “el tonteo”. Obviamente no es una ciencia exacta, habría que calibrar las consecuencias en el hogar, amistades etc.

Sara Sayago, psicóloga

Adolescentes y alcohol, ¿realidad o tópico?- Parte 1

Hoy 15 de noviembre es el día mundial sin alcohol. Este tipo de celebraciones, esta forma de marcar días son un modo de facilitar la reflexión. En estos días se realizan homenajes a aquellos que han dejado el alcohol, se escribe sobre los efectos de la sustancia o se hacen actividades que promueven otro tipo de formas de relaciones sociales.

En mi caso, elijo lanzar una reflexión de la mano de mi población favorita, los adolescentes. Hoy además creo que con mucho fundamento, ya que se suele hace una relación directa entre ambos conceptos, alcohol y adolescencia.

Reflexionemos, ¿esta relación está bien hecha o por el contrario es un tópico?

Es cierto que los estudios más recientes señalan que cada vez se empieza antes con el consumo de alcohol y que las ingestas del mismo son abusivas. Además entre los adolescentes hay una mayor prevalencia de comas etílicos que entre los adultos. Y ahora podemos elegir quedarnos con esta estadística, donde una vez más lo que hace el adolescente es un comportamiento muy “florido” y por tanto visible, analizable y juzgable, o bien, podemos ver qué hay detrás de todo esto.

Me quedo con la segunda opción y os invito a que reflexionéis al respecto.

Siendo cierto los datos anteriormente descritos, me gustaría que nos detuviéramos en otro, y es que los adolescentes rompen las estadísticas en la ingesta abusiva de alcohol respecto a los adultos porque su consumo se centra en las 24 ó 48 horas del fin de semana, mientras que la población adulta bebemos alcohol a lo largo de toda la semana, de lunes a domingo, en menos cantidad diaria pero más cantidad de veces.

Por lo que el consumo adulto suele ser mayor y somos el ejemplo que ven nuestros hijos e hijas cuando aún están en una etapa infantil. Los más pequeños ven en su día a día el alcohol en diferentes espacios, casa, calle, televisión, familiares, gente a la que siguen, admiran o por las que son educados. El alcohol suele relacionarse con momentos de fiesta, de diversión, de celebración, de vínculo, de unión: “a ver si nos vemos y nos tomamos una cervecita hombre…anda ya, con lo que has bebido comiendo no das en el test de alcoholemia… una copa de vino es buena para el corazón…brindar con agua da mala suerte…anda mójate los labios, eso no es nada…” son muchas de las frases que sin darnos cuentas, sin ser conscientes, tenemos en nuestro ADN impregnado porque las hemos oído desde que tenemos “uso de razón”.

El alcohol forma parte de nuestra sociedad, de nuestra cultura. Es algo que genera bienestar para muchos y malestar para otros, depende de multitud de factores, la edad, la cantidad, la información, y el para qué se hace, pero no pretendo lanzar este interesante y complejo debate. No se trata de buscar culpables, pero tampoco lo hagamos con esta población que por diferentes motivos se encuentran en un estado de vulnerabilidad.

Sara Sayago, psicóloga

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