Cuenta Homero en su Odisea, que el mejor amigo de Ulises probablemente era Méntor, al que confió la preparación de su hijo Telémaco, para ser el próximo rey de Ítaca, mientras él partía hacia Troya. Méntor se convirtió así, durante los siguientes veinte años en su maestro, su consejero fiable, su modelo de inspiración y en la fuente de estímulo sobre los retos a abordar, para que Telémaco llegara a ser un rey bueno, sabio y prudente.

Tomando el nombre de la Grecia clásica el mentoring se perfila como una herramienta fundamental y eficaz para cambiar el paradigma de la educación que tanto se debate, y que tantas voces claman porque llegue. De este modo el esquema tradicional, donde el docente es quien posee los conocimientos y se los transmite al alumnado, se transformaría en un nuevo paradigma en el que el profesor se convierte en Mentor Educativo, es decir una suerte de consejero o acompañante que guía el aprendizaje a través del conocimiento personal de su “
pupilo”, para conocer sus intereses en primer lugar. Posteriormente se crea un ambiente de confianza para que el alumno se convierta en protagonista de su propio desarrollo, no solo intelectual, sino personal y emocional, caminando hacia su propia autonomía y tomando la iniciativa de su proceso de enseñanza-aprendizaje.

Obviamente y por desgracia, el sistema educativo actual, aun parece un tanto alejado de esta visión. La aulas en los centros escolares se han llenado, en el mejor de los casos, de nuevos recursos tecnológicos. Sin embargo permanecen los mismos esquemas decimonónicos en agrupamiento de alumnos, organización escolar y elección curricular, o incluso, en metodología didáctica. Impregnar la escuela de todas las innovaciones que se están aportando desde la investigación en áreas como la neurociencia, con descubrimientos como las inteligencias múltiples de Howard Gardner, o la enorme trascendencia de la inteligencia emocional, parece en la actualidad una tarea hercúlea que muy pocos se atreven a afrontar.

Conceptualmente el mentoring o mentoría se configura como una relación entre una persona con mayor experiencia, el mentor, y otra con menor experiencia o incluso nula; el pupilo, alumno, mentorizado o mentoree, para mejorar se desarrollo y sus competencias. Así pues, el mentoring educativo, supone un buen manejo de la práctica pedagógica, asumiendo la diversidad de intereses de aprendizaje del alumnado.

A nivel particular, nos encontramos desbordados como padres, ante los problemas de concentración de nuestros hijos, el bajo rendimiento escolar, o dificultades de aprendizaje como la dislexia, el trastorno de déficit de atención con y sin hiperactividad (TDAH en sus siglas en inglés) entre otras muchas, y con buen juicio, buscamos ayuda en clases particulares, profesores de apoyo y cualquier recurso que pueda suponer una mejora sustancial de las mencionadas dificultades o problemas. Sin embargo ninguno de estos elementos, pese a su magnífica utilidad, permite modificar las estructuras de funcionamiento más persistentes.

La figura del Mentor Educativo nos proporciona un proyecto muy diferente, perfilándose como un actor estratégico que crea un espacio de confianza mutua y empatía para fomentar nuevas estrategias de aprendizaje como la autorreflexión, o la identificación de las necesidades de apoyo y acompañamiento, potenciando la libertad a través de la responsabilidad. Frente a la intervención grupal ofrece una perspectiva individual y personalizada; de la rigidez del esquema “conocimiento-profesor-alumno” pasa al rol de facilitador; de la visión intelectual del aprendizaje viajamos a una más holística, dándole importancia también a las dimensiones, físicas o corporales, emocionales y espirituales (que no necesariamente religiosas).

El Mentor proporciona información y acompañamiento en los momentos de transición escolar, sirve de alternativa cercana a las necesidades de la persona mentorizada. Asimismo desarrolla procesos de aprendizaje para adquirir competencias más eficaces, posibilitando la transferencia a diferentes ámbitos del desarrollo personal y social. Potencia la orientación y el asesoramiento para ayudar a superar las demandas del contexto escolar, mejorando por tanto, la autoestima, el compromiso, la colaboración y promoviendo así la participación y las relaciones interpersonales.

Desde Rumbos hacemos una apuesta por asumir la necesidad, de que cambiar la realidad supone un giro copernicano empezando por cada uno de nosotros. En este proceso es necesario implicar a todos los miembros de la comunidad educativa, familia, profesores y alumnado. Cuestiones como la correcta gestión del tiempo, conectar con la vocación personal, aumentar la concentración a través del aprendizaje de aquellas técnicas de estudio que mejor se adaptan a nuestras formas de aprender, suponen elementos de base para el cambio, mucho más revolucionarios que los elementos clásicos; ya que ponen de manifiesto, que solo a través de la responsabilidad personal llegará el cambio a nivel general y social.

Para concluir me gustaría hacer referencia de nuevo a la antigüedad. Cuenta la historia que estando paseando Sócrates con un discípulo que demandaba más conocimientos, le dijo de manera modesta la famosa frase “Yo no te puedo enseñar nada, solo puedo ayudarte a buscar el conocimiento dentro de ti mismo, lo cual es mucho mejor para traspasarte mi poca sabiduría”. Así definía el auténtico sentido de la mayeútica (estimulado probablemente por la profesión de su madre que era partera), el método que sirve de inspiración al mentoring educativo.

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